

João Maria de Agostini y la historia del Cerro de San Javier
Jorge Villalba
Su vida estuvo marcada por el peregrinaje: recorrió amplias regiones de América, especialmente zonas del norte andino y del Brasil, adoptando siempre una forma de vida eremítica.

Su presencia en Brasil se encuentra documentada en diciembre de 1844, cuando fue registrado en São Paulo en el “Libro de Extranjeros” como “João Maria Agostinho, ermitaño, solitario, al servicio de su ministerio”, afirmando habitar en las selvas. Tenía entonces 43 años. En dicho registro se deja constancia, además, de una característica particular: poseía tres dedos de la mano izquierda lisiados, rasgo que permitía reconocerlo. Este dato constituye una prueba concreta de su existencia histórica.
En su itinerario por el continente, Agostini desarrolló un modo de acción particular: se establecía en lugares elevados, generalmente cerros o montañas, donde llevaba una vida austera, predicaba el Evangelio y aplicaba conocimientos de carácter natural en la atención de los enfermos
Este accionar se repitió en distintos puntos de América, dejando huellas profundas en las comunidades.
Hacia 1852, su camino lo condujo al Cerro de San Javier. Allí se instaló en una humilde choza y comenzó a recorrer los alrededores en busca de plantas, raíces y hierbas medicinales. Aunque no haya descubierto una fuente de aguas curativas, la devoción popular pronto atribuyó propiedades especiales al lugar. Con el paso del tiempo, su presencia comenzó a atraer a un número creciente de personas.
Como él mismo dejaría escrito: “viendo la miseria en que vivían estas personas, decidí trabajar por su bienestar espiritual y, poniendo en práctica mi experiencia y conocimiento de las ciencias naturales, hice posible la curación de muchos enfermos, tanto del cuerpo como del alma”.
Como menciona Alexandre de Oliveira Karsburg "Su accionar puede interpretarse también como una forma de continuidad simbólica con la tradición jesuítica" (2014). Tal vez haya buscado identificarse con los antiguos misioneros de la Compañía de Jesús, retomando la catequesis interrumpida en el siglo XVIII. Esta posible identificación contribuyó a fortalecer su imagen de “monje milagroso”, integrándose al imaginario religioso ya existente en la región.
El creciente influjo de Agostini no pasó desapercibido. Su presencia atraía no solo a fieles, sino también a autoridades civiles y militares del Brasil, y generaba tensiones con algunos párrocos del Imperio. En enero de 1853, el padre João Pedro Gay realizó una visita a la región, motivado ( y preocupado) por las noticias que daban cuenta de la influencia de este monje itinerante.
El paso de João Maria de Agostini por el Cerro de San Javier fue, como en otros lugares de América, intenso pero transitorio. Dejó tras de sí una marca profunda en la memoria colectiva, fruto de la convergencia entre su acción concreta y la interpretación que de ella hicieron las comunidades.
Es posible afirmar que, en al menos dos momentos de su vida, fue fotografiado: una vez en Cuba, en 1861, adonde había sido deportado desde México; y otra en los Estados Unidos, país en el que murió en 1869 y donde se encuentra sepultado. Estos registros constituyen testimonios materiales que refuerzan su condición de figura histórica concreta.
En este sentido, resulta fundamental subrayar —como afirma el profesor Esteban Snihur—: hay una imagen, y el famoso monje no es un mito ni una leyenda, es una realidad histórica concreta”
Porque detrás de la tradición y del relato transmitido de generación en generación, hay un hombre real.
Existió el monje.
Tuvo nombre, apellido, origen y tiempo histórico.
Una Historia Para San Javier


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