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Boris Cyrulnik, padre de la resiliencia: "A los 60, ya no podemos engañarnos.

" El cuerpo, la memoria y las emociones hablan juntos sin vacilación"
Actualidad03/04/2026Jorge VillalbaJorge Villalba
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El doctor Cyrulnik es el gran desarrollador y divulgador de la idea de resiliencia.

Ser resiliente no es aguantar ni negar, sino adaptarse a las circunstancias por negativas que sean. Y a los sesenta años, cuando el cuerpo, la experiencia y la memoria son distintos, se vive de otra manera. 
  
Si miras la carita feliz y sonriente del autor de este artículo no deducirás la edad que tiene, pero te doy una pista. Nací en 1966. Sí, uno llega a este aniversario con las mismas frases tópicas que ha oído mil veces. ¿De verdad ya han pasado 60 años? La mente todavía está lustros atrás. El cuerpo y la experiencia viven más actualizados. 

Pasan los años, pero no pasan las preocupaciones. Son diferentes, se relativizan algunas y surgen otras. Quizá menos problemas profesionales y más de salud. ¿Y cómo lo vamos afrontando? Ha sido interesante para afrontar esta nueva etapa encontrarme con un artículo del neurólogo y psiquiatra francés Boris Cyrulnik. Nos lleva 30 años de ventaja, así que su perspectiva es mucho más enriquecedora.

La idea inicial de resiliencia 
 
 La resiliencia es iniciar un nuevo desarrollo después de un trauma, explicaba Boris Cyrulnik.

Para el que no lo conozca, el doctor Cyrulnik es el gran desarrollador y divulgador de la idea de resiliencia. Su biografía explica mucho de su interés. De niño perdió a sus padres en la Segunda Guerra Mundial y escapó de la deportación y casi segura muerte, escondiéndose durante una redada.

“La resiliencia es iniciar un nuevo desarrollo después de un trauma”, explicaba. No se trata tanto de borrar el dolor ni tampoco de mostrarse inmune y siempre fuerte, como era habitual enseñar a los niños de su época.  

El doctor Cyrulnik nos enseña que una persona puede quedar herida y, aun así, reorganizar su vida si encuentra apoyos: vínculos, palabras de ánimo o algún otro entorno lo bastante seguro para volver a ponerse en marcha.

Inicio de una nueva etapa
 A los 60, los retos son otros pero también los dramas.

Situándonos a partir de los sesenta años, esa resiliencia se vive con otra perspectiva. No son lecciones matemáticas. La edad es un referente relativo. Cyrulnik lo que decía es que a veces hacen falta cuarenta, cincuenta o sesenta años antes de que volvamos a ver ese junco torcido plenamente enderezado de nuevo.

Por eso, no es extraño que a medida que nos adentramos en esta nueva etapa, ya jubilados o próximos, surgen otras perspectivas. El cuerpo baja su ritmo y la memoria cobra más peso.

Vemos diferentes esas cosas que fueron nuestros objetivos principales. El profesor que comprende que ya no quiere seguir viviendo solo para ser útil, el ejecutivo con una agenda abarrotada que puede ahora resultar absurda… Los retos son otros. También los dramas, aunque las bases para afrontarlos no han cambiado tanto. 
 
A partir de cierta edad, la idea de acumular bienes va dejando paso a otro tipo de necesidades y verdades.

“Las certezas que nos han sostenido toda la vida empiezan a resquebrajarse”, nos avisa Cyrulnik sobre esta nueva etapa. Las ideas de acumular bienes o aferrarse a las cosas van a ir dejando paso a otro tipo de necesidades y verdades.

Quizá el robo del coche que dos décadas atrás fue el gran drama sería diferente si ocurriera ahora, porque descubrimos que lo importante no estaba ahí.

“Muchos ya han perdido seres queridos, ilusiones, a veces un estatus social y sin embargo siguen adelante con una fuerza interior asombrosa”, exponía en sus reflexiones. La diferencia con los que se hunden en esta etapa es, de nuevo, haber aprendido a vivir con tus heridas.

"A los sesenta, ya no podemos engañarnos. El cuerpo, la memoria y las emociones hablan juntos sin vacilación”, concluye. Los que han ocultado sus heridas a base del trabajo urgente, el éxito o el poder se quedarán desarmados en la jubilación.

 
¿De dónde surge la resiliencia?

La psicología de la resiliencia, en realidad, no empezó con Cyrulnik. Una de sus pioneras fue Emmy Werner, una investigadora de Hawái. Se hizo célebre por un estudio en el que durante décadas siguió a niños que crecían en condiciones muy difíciles. Observó que una parte importante lograba salir adelante mejor de lo esperado.

Pero Werner ya advirtió contra una lectura simplista. La resiliencia no es un rasgo fijo, es un proceso. Un proceso que suele apoyarse en elementos muy concretos, como un abuelo afectuoso, un hermano mayor, un maestro atento o la confianza básica adquirida al principio de la vida.

La capacidad de resiliencia se parece más a una tela que se teje y sobre la que podemos recostarnos cuando nos empujan. Una capacidad en la que confluyen muchos factores. 

Una visión filosófica del asunto
 
La filosofía lleva siglos rondando ese mismo territorio. Viktor Frankl, psiquiatra y pensador existencial, escribió que “es la propia vida la que pregunta al ser humano”, y no al revés.

En Frankl y en Cyrulnik tenemos la vivencia más clara de resiliencia. Mayor aún en Frankl, que llegó a sufrir los campos de concentración y mantener un propósito de vida en el horror.

Su propuesta no consistía en embellecer el sufrimiento, sino en responder a él con una actitud responsable cuando ya no puede evitarse.

Quizá al hablar de resiliencia eches a faltar a los estoicos, tan actualizados y reivindicados hoy en día. Están emparentados, pero su planteamiento difiere. Marco Aurelio escribió que la mente puede convertir el obstáculo en ayuda. Y que no gastes energía en lo que no controlas. No es exactamente la resiliencia contemporánea.
 
 

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