

¿Por qué nos cuesta alegrarnos por el bien de los demás?
Jorge Villalba
Al caer la tarde, el dueño decidió pagarles a todos el mismo salario.
Los que habían trabajado desde temprano se enojaron. Sentían que era injusto.
Entonces el dueño les respondió: "¿Acaso no acordamos ese salario? ¿O te molesta que yo sea generoso?"
Esta parábola no habla de dinero. Habla de algo mucho más profundo: del corazón humano.
Muchas veces nos cuesta aceptar que a otros les vaya bien. Nos preguntamos por qué alguien recibió una oportunidad que nosotros esperamos durante años, por qué otro logró algo con menos esfuerzo o por qué la vida parece sonreírle a quien "llegó después".
Jesús enseña que Dios no ama por comparación. Su amor no se divide ni se agota. La bendición de otra persona no significa que Dios se haya olvidado de vos.
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Cada uno tiene su tiempo, su camino y su propósito. Compararnos solo nos roba la paz y nos impide valorar todo lo que ya hemos recibido.
"¿Vas a tener envidia porque yo soy bueno?" (Mateo 20:15).
Hoy, en lugar de mirar lo que recibió el otro, agradecé por todo lo que Dios ya puso en tus manos. Ahí empieza la verdadera paz.


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