

La parábola del fariseo y el publicano
Jorge Villalba
El fariseo oraba diciendo: "Gracias, Dios, porque no soy como los demás. No robo, no engaño y cumplo con todas tus leyes."
Mientras tanto, el publicano ni siquiera se animaba a levantar la vista al cielo. Solo se golpeaba el pecho y decía: "Dios, ten misericordia de mí, porque soy un pecador."
Jesús sorprendió a todos cuando dijo que fue el publicano quien volvió a su casa en paz con Dios, y no el fariseo.
¿Por qué?
Porque Dios no mira quién aparenta ser mejor. Mira el corazón. La humildad vale más que el orgullo, y reconocer nuestros errores es el primer paso para cambiar.
¿Qué nos enseña hoy?
Vivimos en una época donde muchas veces buscamos mostrar una imagen perfecta: en las redes sociales, en el trabajo o incluso frente a nuestra propia familia. Pero Jesús nos recuerda que no necesitamos aparentar ser mejores que los demás.
No somos grandes por señalar los errores ajenos. Somos grandes cuando reconocemos los propios, pedimos perdón y tratamos de ser un poco mejores cada día.
"Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido." (Lucas 18:14).


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