

Entre los “dólares por las orejas” y la realidad de todos los días: mirar lo que tenemos antes de perderlo
Jorge Villalba
No solamente las grandes cifras de la economía. No solamente los discursos. No solamente lo que ocurre en Buenos Aires.
También lo que pasa en nuestra casa, en nuestro barrio, en nuestra escuela, en nuestro trabajo y en nuestro pueblo.
Porque mientras el presidente Javier Milei sostiene que a la Argentina “le salen los dólares por las orejas”, el INDEC informó esta semana que la pobreza alcanzó al 32,3% de la población durante el primer semestre de 2026 y que la indigencia llegó al 7,5%. Son más de 15 millones de personas bajo la línea de pobreza.
En el NEA, donde está Misiones, el dato es todavía más duro: la pobreza alcanzó al 41,5% de la población durante el mismo período.
No se trata de negar que puedan existir indicadores económicos positivos o que el Gobierno nacional tenga su propia lectura sobre la evolución de la economía.
Se trata de algo mucho más sencillo: mirar qué está pasando con la vida concreta de la gente.
Porque una fábrica que cierra no es solamente una estadística industrial.
Electrolux acaba de confirmar el cierre de su planta de Rosario y alrededor de 200 trabajadores quedarían afectados, según informó la Unión Obrera Metalúrgica.

Y cuando una empresa deja de producir, el problema no termina en el trabajador que pierde su empleo.
Está su familia. El comercio donde compraba. El alquiler. El supermercado. El proveedor. El transporte. La economía de toda una zona.
Por eso también deberíamos empezar a preguntarnos qué cosas tenemos hoy y que quizás no valoramos suficientemente porque siempre estuvieron ahí.
Hasta que dejan de estar.
El ejemplo de la energía es muy claro.
Durante años, para buena parte de los usuarios, el subsidio eléctrico era prácticamente invisible. La factura llegaba, se pagaba y listo. El beneficio estaba incorporado a la vida cotidiana al punto de que muchas veces ni siquiera se lo identificaba como una política pública.
Cuando Nación modificó este año el esquema de subsidios y redujo temporalmente el tope de consumo subsidiado de 550 a 150 kWh para marzo y abril, el cambio empezó a sentirse directamente en las boletas. Misiones respondió con un esquema provincial de contención para distribuir el impacto en el tiempo; la medida alcanzó a unos 173.000 usuarios residenciales y representó una inversión provincial estimada en $2.800 millones.
De repente, aquello que durante años parecía “normal” empezó a verse de otra manera.
Eso debería servirnos como aprendizaje.
Muchas veces no vemos una política pública porque funciona silenciosamente.
El día que desaparece, recién entonces entendemos cuánto representaba.
Pasa con la energía.
Pasa con el transporte.
Pasa con la educación.
Pasa con la salud.
Pasa con el salario.
Y pasa también con la producción.
En Misiones, por ejemplo, miles de estudiantes cuentan con herramientas provinciales para poder llegar todos los días a sus establecimientos educativos. Si mañana ese beneficio desapareciera, muchas familias tendrían que volver a hacer cuentas que hoy quizás ni siquiera hacen porque el costo está cubierto.
El mismo razonamiento puede aplicarse a la producción.
En San Javier, hablar de la cuenca cañera no es hablar solamente de caña de azúcar.
Es hablar de productores, trabajadores, transportistas, contratistas, comercios y familias que durante décadas construyeron alrededor de esa actividad una parte de la economía del Alto Uruguay.
Por eso resulta relevante que desde la Legislatura provincial Enio Lemes vuelva a poner sobre la mesa la discusión sobre el futuro de la cuenca cañera.
No alcanza con recordar lo que fue.
La pregunta es qué podemos hacer para que vuelva a ser una actividad con futuro.
Y allí aparece una diferencia de prioridades que merece ser discutida.
El Gobierno de Javier Milei sostiene un programa nacional basado en una fuerte reducción de la intervención estatal, apertura económica, competencia y un nuevo esquema de relación entre el Estado y la actividad privada.
La Provincia de Misiones, bajo la gestión de Hugo Passalacqua, sostiene en cambio herramientas propias de acompañamiento a las familias, los estudiantes y determinados sectores productivos, además de una política de reclamo frente a decisiones nacionales que considera perjudiciales para la economía misionera.
No hace falta convertir esto en una pelea de consignas.
Hay que mirar los resultados y las consecuencias concretas.
El jefe de Gabinete provincial, Carlos “Kako” Sartori, cumple además un rol de articulación territorial con municipios y organismos provinciales, siguiendo demandas que muchas veces no aparecen en las grandes discusiones nacionales.
Eso también es política.
La política que llega al municipio.
La que intenta sostener una actividad productiva.
La que busca amortiguar una suba de una factura.
La que garantiza que un estudiante pueda viajar.
La que procura que una familia pueda atravesar un momento económico difícil.
¿Es suficiente?
Naturalmente, esa es una discusión válida.
¿Puede mejorarse?
También.
Pero hay una pregunta que los misioneros deberíamos hacernos antes de dar por sentado todo lo que tenemos:
¿qué cosas de nuestra vida cotidiana dependen de políticas públicas que hoy consideramos normales?
Porque quizás no las estamos viendo.
Y quizás solamente las vamos a valorar cuando ya no estén.
El desafío, entonces, no es mirar para otro lado ni tampoco creer ciegamente en un discurso.
Es mirar.
Mirar el recibo de sueldo.
Mirar la factura de luz.
Mirar el costo del transporte.
Mirar si nuestros hijos pueden llegar a la escuela.
Mirar si el productor puede seguir produciendo.
Mirar si el comercio del barrio tiene clientes.
Mirar si una empresa puede seguir abierta.
Mirar si hay trabajo.
Porque los grandes números de la economía importan.
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Pero para una familia, la economía empieza mucho más cerca.
Empieza en la mesa de su casa.
Y quizás haya llegado el momento de que los misioneros miremos con más atención aquello que tenemos, aquello que funciona y aquello que todavía podemos defender y mejorar antes de descubrir su verdadero valor cuando ya no esté.


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