

Antes de que existieran las maternidades: las mujeres indígenas que acompañaban la llegada de la vida
Jorge Villalba
Mucho antes de que existieran las maternidades, las ambulancias y las salas de parto, había mujeres que eran buscadas cuando otra mujer estaba por dar a luz.
No tenían una sala preparada, ni instrumentos modernos, ni una historia clínica. Tenían experiencia, conocimiento transmitido de generación en generación y, sobre todo, la confianza de su comunidad.
Eran las parteras.
En distintos pueblos indígenas de América, la partería tradicional formó parte de sistemas propios de cuidado y de una manera de comprender la salud que no separaba necesariamente el cuerpo de la familia, la comunidad, el territorio y la cultura.
Por eso, la Organización de las Naciones Unidas decidió dedicar el Día Internacional de los Pueblos Indígenas de 2026, que se conmemora cada 9 de agosto, a las parteras indígenas, bajo el lema “Honrar a las parteras indígenas: salvaguardar la vida y el bienestar”.
La fecha busca reconocerlas como guardianas de conocimientos y cuidadoras, además de poner en valor los sistemas de conocimiento indígena y la necesidad de garantizar una atención culturalmente apropiada.
La Organización Panamericana de la Salud también viene reclamando que estos saberes sean reconocidos y que las parteras tradicionales no sean consideradas simplemente como acompañantes, sino como referentes dentro de sus comunidades. En abril de este año, la OPS destacó la importancia de respetar los sistemas propios de salud indígena y de avanzar hacia una atención intercultural, especialmente en el ámbito materno y neonatal.
Para entender esta historia en Misiones hay que mirar mucho más atrás.
Antes de que existiera la provincia, antes de que hubiera pueblos como los conocemos actualmente y mucho antes de que se trazaran las fronteras nacionales, este territorio estaba habitado por pueblos indígenas.
Entre ellos se encontraban los pueblos guaraníes, cuya presencia forma parte inseparable de la historia de esta región.
La historia posterior de Misiones estuvo atravesada por el encuentro —y también por los conflictos y transformaciones— entre indígenas, jesuitas, criollos e inmigrantes. El propio Estado argentino reconoce que la sociedad misionera actual es resultado de ese largo proceso de construcción en el que confluyeron guaraníes, jesuitas, inmigrantes y criollos.
Pero hay algo que vale la pena recordar: los guaraníes no llegaron con los jesuitas.
Ya estaban aquí.
Tenían sus propias formas de organización, sus conocimientos sobre el monte, sus alimentos, sus formas de relacionarse con el territorio y sus propios sistemas de cuidado.
La llegada de los jesuitas abrió una etapa completamente diferente, con la formación de las reducciones y un proceso de encuentro entre la cultura europea y la guaraní que transformó profundamente la región.
Las antiguas reducciones jesuítico-guaraníes que hoy forman parte del patrimonio histórico de Misiones son precisamente testimonios de aquella convivencia, organización y transformación.
Pero detrás de las grandes iglesias, los talleres y las plazas de aquellas reducciones también estaban las personas.
Familias.
Mujeres.
Niños.
Ancianos.
Y una comunidad que continuaba construyendo su vida.
En aquellas sociedades, el nacimiento no podía entenderse solamente como un hecho médico.
Era también un acontecimiento familiar y comunitario.
La figura de la mujer que acompañaba un nacimiento representaba mucho más que asistir un parto. Era una persona que había recibido conocimientos, prácticas y experiencias que se transmitían con el paso del tiempo.
Ese conocimiento no estaba escrito en un manual.
Estaba en la memoria.
En las palabras de las mujeres mayores.
En la observación.
En la experiencia acumulada.
Y en una relación profunda con el territorio.
Por eso, cuando hoy se habla de partería indígena no se está hablando simplemente de una práctica antigua que quedó detenida en el tiempo.
Se está hablando de conocimiento vivo.
Un conocimiento que todavía forma parte de la identidad de pueblos indígenas y que hoy busca ser escuchado y respetado dentro de sistemas de salud que durante mucho tiempo no siempre supieron reconocerlo.
En nuestra provincia, hablar de pueblos indígenas inevitablemente nos lleva a mirar el territorio de otra manera.
El río Uruguay.
La selva.
Los antiguos caminos.
Las comunidades.
Los lugares donde se levantaron las reducciones.
Y también San Javier.
La historia de esta región no comenzó cuando llegaron las instituciones que hoy conocemos. Mucho antes, estas tierras ya tenían habitantes, nombres, caminos, alimentos, creencias y formas propias de entender la vida.
Las Misiones Jesuíticas forman una parte fundamental de nuestra identidad histórica. Pero son solamente una parte de una historia mucho más extensa.
Las reducciones fueron fundadas entre los siglos XVI y XVII y dejaron numerosos testimonios de la vida y organización social de las comunidades guaraníes que participaron de aquel proceso.
Mirar esa historia desde las parteras indígenas permite hacer algo diferente.
Permite dejar por un momento de observar solamente las grandes construcciones y preguntarnos cómo era la vida de las personas que habitaban aquellos lugares.
Cómo nacían.
Cómo cuidaban a sus hijos.
Cómo transmitían sus conocimientos.
Cómo entendían la enfermedad y la salud.
Y cómo las mujeres mayores enseñaban a las más jóvenes aquello que habían aprendido de sus propias madres y abuelas.
Una historia que todavía continúa
Hoy, en Misiones, las comunidades mbya guaraní forman parte del presente de la provincia.
No son solamente una referencia del pasado.
Son pueblos vivos, con lengua, cultura, identidad y conocimientos que continúan transmitiéndose entre generaciones.
Por eso, hablar de las parteras indígenas tampoco debería convertirse en una mirada romántica hacia un pasado que ya no existe.
Todo lo contrario.
La discusión actual busca que esos conocimientos sean reconocidos, que las mujeres indígenas puedan recibir una atención respetuosa de su cultura y que los sistemas de salud puedan dialogar con los saberes propios de cada comunidad.
La OPS ha señalado justamente la importancia de avanzar hacia un parto culturalmente seguro, construido con participación de parteras tradicionales, lideresas indígenas y trabajadores de la salud, respetando las cosmovisiones y la autonomía de las mujeres.
Y quizás ahí esté la enseñanza más profunda de esta fecha.
La ciencia moderna avanzó enormemente.
Los hospitales salvaron millones de vidas.
La medicina incorporó tecnologías que generaciones anteriores jamás hubieran imaginado.
Pero avanzar no necesariamente significa olvidar.
También puede significar aprender a escuchar.
Escuchar a quienes conservaron durante siglos conocimientos sobre su comunidad y su territorio.
Escuchar a esas mujeres que, mucho antes de que existieran las maternidades, acompañaban uno de los momentos más importantes de la vida.
El nacimiento.
Y en Misiones, donde tantas veces miramos las ruinas para recordar nuestro pasado, quizá también haya que aprender a mirar más allá de las piedras.
Porque antes de las iglesias estuvieron los pueblos.
Antes de las instituciones estuvieron las comunidades.
Y antes de las maternidades, cuando todavía no había una ambulancia que pudiera llegar ni una sala preparada para recibir a un recién nacido, muchas veces la primera persona que recibía a un niño en sus brazos era otra mujer de la comunidad.
Ese saber también es parte de nuestra historia.
Y merece ser contado.


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