

Julio Balmaceda, el hombre que hizo de Santa Irene una pasión de pueblo
Jorge Villalba
Trabajador, dirigente deportivo, padre de familia y vecino solidario, fue protagonista de una época en la que la caña de azúcar impulsaba la economía del Alto Uruguay y el fútbol reunía a pueblos enteros cada domingo.
Hablar de Julio Balmaceda es hablar de un tiempo en el que la palabra valía más que un contrato y el compromiso con la comunidad se demostraba con hechos. Fue capataz durante los años de esplendor del ingenio azucarero, cuando la caña era el "oro" de la región, y dedicó gran parte de su vida al Club Santa Irene, institución que representaba con orgullo al paraje donde vivía.

Su historia personal también estuvo marcada por una infancia singular. Integró una familia de cuatro hermanos —tres varones y una mujer— que crecieron separados. Mientras Julio permanecía en San Javier, otros hermanos vivían en Posadas y en distintos lugares del país. Con el paso de los años lograron reencontrarse y reconstruir ese vínculo familiar que la vida había postergado.
Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre bueno, trabajador y solidario. Pero su gran pasión, además de su esposa Aide Dutra y de sus hijas Marina y Silvia, fue siempre el fútbol.
El Club Santa Irene todavía compite en los torneos locales, aunque quienes vivieron aquellas décadas recuerdan especialmente los domingos de cancha llena, cuando familias enteras acompañaban al equipo. En ese escenario había una imagen que se volvió inolvidable: el viejo camión Ford modelo 1957 de Julio Balmaceda trasladando en su planchada a los jugadores rumbo a cada partido. Aquella postal quedó grabada para siempre en la memoria de los sanjaviereños.
Con el paso del tiempo dejó la colonia para radicarse en el pueblo, pero el Ford siguió siendo parte de su vida. Ya no llevaba futbolistas, sino leña para abastecer las cocinas de muchas familias de San Javier, otro trabajo que realizó con la misma humildad y responsabilidad que lo caracterizaban.
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Julio Balmaceda fue mucho más que un dirigente deportivo. Fue un hombre de familia, un trabajador incansable, un amigo leal y uno de esos vecinos que ayudaron a construir la identidad de una comunidad. Su historia sigue viva cada vez que alguien recuerda aquellos domingos de fútbol, el viejo camión cargado de ilusiones o los tiempos en que Santa Irene representaba el orgullo de toda una colonia.
Porque la historia de los pueblos también se escribe con personas comunes que hicieron cosas extraordinarias desde la humildad. Y en esa historia, el nombre de Julio Balmaceda ocupa un lugar de privilegio.


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