

Ser guapo cuando el otro no está
Jorge Villalba
El jueves, en la Legislatura misionera, Carlos Rovira y Santiago Szychowski se cruzaron y se saludaron. Un apretón de manos, algunas palabras y cada uno continuó con su actividad.
La imagen, sin embargo, llegó después de una semana en la que Szychowski había cuestionado desde su banca la ausencia de Rovira y reclamado que los legisladores fueran a trabajar y “dar la cara”.
Una semana después, frente a frente, la escena fue otra.
¿Fue miedo? ¿Respeto? ¿Prudencia? ¿Cintura política? ¿Simple cortesía institucional?
No lo sabemos. Y sería poco serio pretender saberlo mirando apenas unos segundos de una transmisión.
Pero la imagen sí permite una reflexión política.
Ser guapo cuando el otro no está es fácil. Lo difícil es sostener las convicciones cuando el otro está enfrente.
Y la frase no apunta solamente a Szychowski. Es una reflexión para todos los que participan de la política.
Porque hay dirigentes que parecen medir su fortaleza por el volumen de sus declaraciones, por la cantidad de cámaras que tienen delante o por la repercusión que consiguen en una sesión.
Pero hay otra manera de ejercer el poder.
Hugo Passalacqua es, quizás, uno de los ejemplos más claros de esa otra política en Misiones. No porque no tenga posiciones, sino porque hace tiempo eligió mostrar su fortaleza desde otro lugar: recorrer, escuchar, gestionar, construir y sostener una agenda que no termina cuando se apagan las cámaras.
Y eso también es poder.
Un poder mucho menos ruidoso, pero probablemente mucho más útil para la sociedad.
En la Legislatura también hay dirigentes que empiezan a transitar sus propios caminos. Enio Lemes, por ejemplo, integra el bloque Movimiento por lo que Viene y tiene una pertenencia política definida, pero eso no le impide construir su propia identidad dentro de la Cámara.
La política debería permitir justamente eso: pertenecer, tener convicciones, defenderlas y, al mismo tiempo, entender que una banca no es un escenario personal.
Porque los misioneros no eligieron diputados para que sean protagonistas de una pelea permanente.
Los eligieron para trabajar.
Para reclamar cuando haya que reclamar. Para acompañar cuando corresponda. Para discutir ideas. Para buscar acuerdos. Para defender a quienes representan.
En tiempos donde una frase puede hacerse viral en minutos y desaparecer al día siguiente, quizás convenga recordar algo bastante sencillo: la tribuna es efímera; la gestión permanece.
Passalacqua lo entendió hace tiempo.
Y quizás muchos dirigentes deberían mirar un poco más ese ejemplo.
No se trata de quién parece más fuerte.
Se trata de quién puede hacer más por la gente.
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Porque cuando termina la sesión y las redes dejan de hablar de la pelea del día, los problemas de los misioneros siguen esperando respuestas.
Y para eso no hace falta ser guapo.
Hace falta trabajar.


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