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El extraño deporte de amar al poder

En los pueblos chicos hay costumbres que se repiten generación tras generación. Algunas son entrañables. Otras merecen ser analizadas.
Actualidad21/06/2026 11:35Jorge VillalbaJorge Villalba
San Javier

Hay personas que aman profundamente a los intendentes.

No importa quién sea.

Lo aman cuando gobierna.

Lo admiran cuando firma decretos.

Lo elogian cuando ocupa el sillón principal.

Lo defienden cuando todos lo cuestionan.

Y hasta parecen convencidos de que se trata del dirigente más brillante que haya dado esta tierra.

Después ocurre algo curioso.

El intendente deja el cargo.

Y el amor desaparece.

A veces en semanas.

A veces en días.

A veces en horas.

Entonces aparecen relatos sorprendentes.

Quien hasta ayer era un líder extraordinario pasa a ser un desastre.

Quien era presentado como un visionario se convierte repentinamente en un incapaz.

Quien recibía elogios diarios pasa a ser objeto de críticas permanentes.

Y uno no puede evitar preguntarse si cambiaron los dirigentes o cambiaron las conveniencias.

Los pueblos pequeños son grandes observatorios de la conducta humana.

Todos recuerdan a quienes pasaban horas en una oficina pública y después se transformaron en opositores feroces.

Todos recuerdan a quienes defendían una gestión con una pasión difícil de explicar y luego abrazaron exactamente el discurso contrario.

Todos recuerdan a quienes descubrieron virtudes extraordinarias en cada nuevo jefe y defectos insoportables en cada ex jefe.

Está el que construyó relaciones de extrema cercanía con el poder, compartiendo celebraciones, reuniones familiares y afectos públicos, para luego transformarse en uno de sus críticos más severos.

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Y también está esa parte de la prensa que parece sufrir una extraña enfermedad: encuentra virtudes extraordinarias en quien ocupa el cargo y defectos insoportables en quien lo deja.

No es un fenómeno nuevo.

Tampoco es exclusivo de la política.

Es la vieja y conocida obsecuencia.

La necesidad de acercarse al poder mientras existe y de tomar distancia cuando desaparece.

Quizás por eso la mejor prueba de carácter no sea cómo se comporta una persona frente a quien gobierna.

Quizás la verdadera prueba sea cómo se comporta cuando ese poder ya no existe.

Porque las convicciones auténticas suelen sobrevivir a los cambios de gobierno.

Las conveniencias, en cambio, suelen mudarse con bastante rapidez.

Y en los pueblos, donde todos nos conocemos, esas mudanzas rara vez pasan desapercibidas.

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