

La penitencia de los 300: una escena perdida en el Cerro Monje
Jorge Villalba
Hace más de un siglo, durante una Semana Santa, alrededor de 500 personas llegaron hasta el Cerro Monje, en San Javier. Venían de distintos lugares y, según un relato de la época, allí podían escucharse conversaciones en español, guaraní y portugués.
Pero lo que ocurría al amanecer del Viernes Santo era particularmente llamativo.
Más de 300 personas participaban de una práctica conocida como “la carpida a mano”.
Niños pequeños, jóvenes y adultos arrancaban con sus propias manos los yuyos y malezas del lugar. No se trataba simplemente de limpiar el cerro. Era una penitencia, una forma de cumplir una promesa o expresar la fe.
Después, continuaban la jornada en procesión hacia la cascada.
El relato fue escrito por Juan Queirel en 1897 y posteriormente recuperado por el historiador y escritor sanjavierino Salvador Lentini Fraga en sus trabajos sobre el Cerro Monje.
Y ahí aparece lo que quizás sea lo más interesante de esta historia.
¿Qué llevaba a más de 300 personas a levantarse antes del amanecer y arrancar yuyos con sus propias manos?
¿Qué promesa habría hecho cada una?
¿Había quienes llegaban buscando curación, agradeciendo un favor recibido o simplemente tratando de cumplir con algo que habían prometido?
¿Y qué significaría aquella penitencia para un niño de cinco años?
No tenemos la respuesta para cada una de esas preguntas.
Quizás tampoco sea necesario tenerla.
Porque cuando uno mira hacia aquel San Javier de fines del siglo XIX, con gente llegando al Cerro Monje hablando español, guaraní y portugués, puede intentar reconstruir la escena a su manera.
Unos 500 peregrinos reunidos.
La madrugada.
Más de 300 personas inclinadas sobre la tierra.
Las manos arrancando los yuyos.
Algún niño siguiendo a sus padres.
Alguien cumpliendo una promesa que quizás nadie más conocía.
Y después, todos juntos, continuando el camino.
La historia cuenta lo que hicieron.
Lo que cada uno de ellos llevaba en el corazón aquella mañana, probablemente sea imposible de saber.
Y quizás sea justamente eso lo que hace que, más de cien años después, la historia siga dando vueltas.


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