

La iglesia que desafió al tiempo: la historia del templo de San Javier que hace más de un siglo acompaña la vida del pueblo
Jorge Villalba
Hay edificios que se construyen con ladrillos. Otros, además, se levantan con recuerdos.
Frente a la plaza central de San Javier se encuentra uno de esos lugares que todos conocen, aunque pocos se detienen a observar. La iglesia no solo es un templo religioso: es un silencioso testigo del crecimiento de la ciudad.
Por sus puertas pasaron generaciones enteras. Allí fueron bautizados abuelos, padres, hijos y hoy también los nietos. Fue escenario de bodas, despedidas, fiestas patronales y de los momentos más felices y más difíciles de cientos de familias.
El edificio actual fue inaugurado el 18 de enero de 1913. Eso significa que hace más de 113 años ya dominaba el paisaje de un San Javier muy distinto al de hoy.
En aquel tiempo no existía la Ruta Costera Nº 2, tampoco el puente sobre el arroyo Guerrero ni la intensa circulación de vehículos. Las calles eran de tierra y la vida del pueblo giraba alrededor de la plaza, la iglesia, la escuela y el puerto sobre el río Uruguay.
Los vecinos más antiguos todavía recuerdan que durante muchos años las campanas del templo no solo llamaban a misa.
Marcaban el paso de las horas, anunciaban las grandes celebraciones y también advertían cuando alguien había fallecido. Su sonido era una forma de comunicación para una comunidad mucho más pequeña que la actual.
Quienes vivían en las chacras cercanas sabían distinguir, por la forma en que sonaban, si había una fiesta religiosa o si el pueblo estaba de luto.
Una historia que comenzó casi tres siglos antes
Aunque el edificio tiene poco más de un siglo, la historia de la fe en San Javier comenzó muchísimo antes.
El pueblo nació como la Reducción Jesuítica de San Francisco Javier, fundada el 3 de diciembre de 1629, convirtiéndose en uno de los asentamientos más importantes de las Misiones Jesuíticas.
Aquellas primeras construcciones desaparecieron con el paso del tiempo y los cambios políticos que siguieron a la expulsión de los jesuitas en 1767. Décadas después, cuando San Javier comenzó a reorganizarse como pueblo, surgió la necesidad de construir un nuevo templo que acompañara el crecimiento de la comunidad.
Ese edificio es el que hoy continúa en pie.
Dicen que una ciudad puede contar su historia a través de sus edificios.
En San Javier, pocos pueden hacerlo como la parroquia.
Mientras cambiaban los gobiernos, llegaban los primeros automóviles, desaparecía el viejo puerto de pasajeros y el pueblo se transformaba en ciudad, la iglesia permaneció allí.
Inmóvil.
Viendo pasar más de un siglo de historia.
Y probablemente sea ese el mayor valor que tiene el templo: recordarles cada día a los sanjaviereños que, antes de nosotros, hubo muchas generaciones que caminaron esas mismas veredas, escucharon las mismas campanas y encontraron en ese lugar un punto de encuentro.


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