

Un Poco de Historia. Cuando San Javier encendía su propia luz: la historia de Enrique Anderson
Jorge Villalba
La energía que iluminaba al pueblo dependía de un generador y, detrás de aquella tarea, hubo un hombre cuyo nombre todavía permanece en la memoria de muchos vecinos: Enrique Anderson.
Anderson era sueco, herrero y uno de los primeros habitantes de aquel San Javier que comenzaba a crecer. Un relevamiento realizado por la Ayudantía Marítima en 1918 lo registra como el único herrero establecido en el pueblo. Allí se consigna que era de nacionalidad sueca, viudo, padre de dos hijos argentinos y que ocupaba desde hacía aproximadamente diez años el solar D de la manzana 65, donde además tenía su taller de herrería.
Pero Anderson tuvo otra responsabilidad que quedó grabada en la memoria de los sanjaviereños: era quien se ocupaba de encender el generador que abastecía de electricidad al pueblo.
Aquel generador estaba instalado en el predio donde funcionaba por entonces la antigua Terminal de Ómnibus de San Javier. Sus vecinos eran la comisaría local y la Municipalidad. Con el paso de los años, la terminal cambió de lugar y posteriormente volvió a trasladarse. El predio original tiene hoy otra función y es utilizado como estacionamiento municipal.
Es decir que, para quienes transitan hoy por ese sector, resulta difícil imaginar que allí alguna vez estuvo una máquina de la que dependía buena parte de la iluminación de San Javier.
Tampoco está claro cuánto tiempo permaneció allí aquel generador ni en qué momento dejó de cumplir su función original. Según versiones transmitidas a través de los años, posteriormente la máquina fue trasladada a otro punto de la provincia.
Un sueco que se hizo parte de la historia de San Javier
La historia de Anderson resulta todavía más particular cuando se conoce quién era aquel hombre que estaba detrás de la herrería y de aquella tarea vinculada con la electricidad.
En 1918, el relevamiento de la Ayudantía Marítima lo identificaba como “Don Enrique Anderson, herrero”. El documento permite saber que era sueco y que llevaba alrededor de una década instalado en San Javier.
Su taller estaba ubicado en el antiguo solar D de la manzana 65, una nomenclatura que pertenece a aquel San Javier de comienzos del siglo XX. Ese sector puede ubicarse actualmente en la zona de Roque González y 25 de Mayo, aunque la correspondencia exacta entre la antigua división catastral y la trama urbana actual merece ser tomada con la prudencia que exige una referencia de más de cien años.
Así, un documento de 1918 permite ponerle nombre, nacionalidad y oficio a uno de aquellos hombres que formaron parte de la construcción cotidiana del pueblo.
El recuerdo que volvió a tener nombre
Muchos años después, la memoria de Enrique Anderson volvió a ocupar un lugar visible en San Javier.
Durante la gestión de Enio Lemes como intendente, la entonces Casa de los Jóvenes recibió el nombre de Enrique Anderson, en reconocimiento a quien había quedado asociado a aquella etapa en la que el pueblo comenzaba a construir sus propios servicios y su identidad.
Actualmente, ese edificio cumple otra función y allí funciona el Tribunal de Faltas Municipal. Pero el nombre de Anderson permanece como una pequeña señal de aquel San Javier que ya no existe.
Y quizás ahí esté lo más interesante de esta historia.
Hoy encendemos una luz sin preguntarnos demasiado qué hubo detrás para que eso fuera posible. Abrimos una canilla y esperamos que salga agua. Tomamos el teléfono y tenemos comunicación inmediata. Las generaciones anteriores de San Javier vivieron de otra manera: hubo que construir caminos, instituciones, servicios y también generar la electricidad que permitiera iluminar las casas y las calles.
Detrás de cada uno de esos primeros pasos hubo personas.
Algunas quedaron en los grandes libros de historia. Otras quedaron solamente en la memoria de los vecinos.
Enrique Anderson fue una de ellas.
Un sueco que llegó a San Javier, que trabajó como herrero, que vivió en el pueblo desde los primeros años del siglo XX y que, según la memoria transmitida por generaciones, tenía además la tarea de poner en marcha el generador que le daba luz a aquella comunidad.
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Más de un siglo después, su nombre todavía aparece cuando San Javier mira hacia atrás y busca recordar quiénes fueron los hombres y mujeres que ayudaron a encender, literalmente, los primeros años de su historia.


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