

Un poco de historia: Malala, la joven que convirtió su voz en una defensa de la educación
Jorge Villalba
La de Malala Yousafzai comenzó así, en Mingora, una ciudad del valle de Swat, en Pakistán. Nació en 1997 y creció en una familia que valoraba especialmente la educación. Su padre era docente y dirigía una escuela.
Pero cuando los talibanes tomaron el control de la región, comenzaron las restricciones para las mujeres y las niñas. Entre ellas, la prohibición de asistir a la escuela.
Malala tenía apenas 11 años cuando comenzó a hablar públicamente sobre lo que estaba ocurriendo. Con el tiempo, sus palabras llegaron mucho más lejos de lo que probablemente podía imaginar aquella niña.
En 2012, cuando tenía 15 años, fue atacada a tiros por un integrante del Talibán mientras regresaba de la escuela. Sobrevivió y fue trasladada al Reino Unido para recibir tratamiento.
Muchos podrían haber pensado que aquel ataque terminaría con su voz.
Ocurrió lo contrario.
En 2013, pocos meses después del atentado, Malala habló ante las Naciones Unidas el día que cumplía 16 años y volvió a defender el derecho de todos los niños a recibir educación.
Junto con su padre creó el Malala Fund, una organización dedicada a defender el derecho de las niñas a estudiar.
Y en 2014, cuando tenía apenas 17 años, recibió el Premio Nobel de la Paz junto al activista indio Kailash Satyarthi. Se convirtió así en la persona más joven en recibir un Premio Nobel.
Su historia quedó ligada para siempre a una idea sencilla: la educación puede cambiar la vida de una persona y, con ella, cambiar una comunidad.
Este 21 de septiembre, cuando en Argentina celebramos el Día de la Juventud y el Día del Estudiante, la historia de Malala puede servir para mirar a los jóvenes de otra manera.
Muchas veces hablamos de ellos por los problemas que atraviesan. Pero también existe otra mirada posible: la de todo aquello que pueden aportar.
La juventud tiene preguntas, energía, imaginación y tiempo para construir.
Malala era una adolescente cuando comenzó a defender aquello en lo que creía.
No todos los jóvenes tendrán que hacer algo extraordinario. No todos serán reconocidos con un premio internacional.
Pero cada uno puede tener la posibilidad de estudiar, aprender, trabajar, crear, equivocarse, volver a empezar y encontrar una manera de aportar algo a los demás.
Quizás esa sea una de las mejores formas de celebrar la juventud: no solamente recordar la edad que tienen nuestros jóvenes, sino recordar todo lo que todavía pueden llegar a ser.
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Porque algunas historias importantes de la humanidad comenzaron, simplemente, con la voz de alguien muy joven que decidió no quedarse callado.


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